Por Hesnor Rivera
El hombre ama lo irreal, ese mundo en donde,
entregada la lógica al azar más puro, toda relación resulta sorprendente. De
preguntarnos el por qué de esta apetencia, hallaríamos inmediata respuesta en
cualquier explicación psicológica sobre evasión, angustia, frustración, todo en
un orden sucesivo que desciende hasta las más improbables –léase bien,
improbables– zonas relativas al instinto y al deseo. De preguntarnos el por
qué, nos daríamos respuestas tan oscuras e improbables como oscuro e improbable
es el mundo que nos mueve a la pregunta. Por otra parte, hay que cruzar tantos
límites, limitarse tanto a través de este orden sucesivo de fenómenos, hay que
tropezar y asimilar tanto fantasma poco acogedor, para hallarnos de nuevo y de
improviso ante el mismo camino de evasión, hay que vivirse tantas veces en
calidad de monstruo, de entidad irreal que huye de lo irreal anteriormente
entrevisto, que al final resulta más inmediato y “razonable” entregarse de una
vez por todas y con todo atenuante de ignorancia e inocencia, a esta extraña
apetencia, a esto irreal que nos reclama.
El hombre ama todo aquello que le inspira temor
y le hace refugiarse en sí mismo. Hemos escarbado en nosotros buscando un
refugio. Un refugio significa una sombra que devora la nuestra y apaga los
sentidos a la altura de los resquicios que les dan realidad hacia lo inestable. La muerte es un refugio, es blanda y se la puede amar ligera y
fácilmente y el hombre desconfía y huye de las cosas fáciles para caber en
ellas es necesario empequeñecerse demasiado.
El hombre ama lo irreal. Todo esto que lo está
rodeando: los árboles, las casas, las ciudades, el mar, su propio cuerpo, no
son más que proposiciones de la muerte. Fronteras de sombra frente a la
rebeldía que aspira y que persiste en lo infinito y absoluto.
Porque lo primero fue abrir los ojos a la luz y
encontrar en ella las cosas. Lo primero fue el anhelo de estar y ser en todo.
Esto fue lo primero, lo de ahora y lo último.
Sin embargo mucho después que lo primero, mucho
después que ahora pero siempre mucho antes de lo último fue necesario
engañarse, imponerse como las cosas ciertos límites, prohibirse, negarse,
recortar la vida hasta hacerla alcanzar el tamaño de cuanto se eligiera como
propio. Recortar la vida por temor a la vida.
El hombre ama todo aquello que le inspira temor
y le hace refugiarse en sí mismo. Ama lo irreal porque lo irreal es la vida
estando y siendo en todo.
De tal modo que lo irreal es la realidad bien
pura y el hombre una realidad en función de amor hacia lo irreal. Resignado a
sus límites nada más que una torpe irrealidad, un cuerpo apenas relativo a la
sombra y a la muerte.
Panorama 25 de julio de 1957
Para despecho de Platón, todo poeta es (en el fondo) un filósofo
ResponderEliminarEfectivamente... Muchas gracias...
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